Publicado en Gestión educativa, Políticas educativas

¿EN QUÉ SIGLO VIVE LA ESCUELA?

Fuente: Monereo Font, C. y Pozo Municio, J. (2001). ¿En qué siglo vive la escuela? Periódico digital de Formación Educativa, 19 (670). Consultado el 18 de marzo de 2009 en: http://comunidad-escolar.pntic.mec.es/670/triburev.html

(…) Frente al empuje creciente en nuestra sociedad de la lógica economicista, la escuela deberá conservar entre sus metas formativas una visión amplia, humanista, según la cual su función no será la de formar  trabajadores,  mano de obra, sino personas; y tendrá que ser consciente de que en el futuro esas personas tendrán cada vez más horas de ocio, de autoformación, de tiempo dedicado a sí mismas. Así pues, en la escuela no debe primar la idea de brindar conocimientos útiles para acceder al mercado de trabajo, sino para vivir. En este sentido, resulta significativo y paradójico al mismo tiempo que la institución que recibe una mayor presión laboral sea la universidad, un espacio en el que supuestamente el conocimiento debería constituirse en un fin en sí mismo. La mejor apuesta –en la escuela y en el ámbito universitario- debería ser una vez más el dotar a los alumnos y alumnas de las competencias necesarias para acceder a las culturas simbólicas (literarias, artísticas, científicas) que caracterizan a nuestra sociedad posindustrial, posmoderna, en la que los bienes más preciados –la riqueza cultural, pero también económica- no están ligados a la producción de bienes materiales, sino de símbolos y sistemas que permiten manipularlos y transportarlos (por ejemplo, las famosas tecnologías de la información y la comunicación).

En este contexto, no se tratará ya sólo de atender la diversidad entre el alumnado, sino también “dentro de cada alumno”, haciendo que los espacios educativos desarrollen en diverso grado competencias distintas entre los alumnos y alumnas, haciéndoles más capaces no tanto ante el mercado laboral, sino y, sobre todo, más plenos y autónomos en su desarrollo personal, lo que sin duda facilitará también su éxito profesional.

De esta forma, los espacios de ocio o trabajo deberán ser más fluidos, del mismo modo que sucederá con la educación formal e informal. Sin duda, en los próximos años vamos a contemplar una intensa redefinición de la función de la escuela, de la necesidad de presencialidad en los centros educativos, del tipo de interacciones (profesor-alumnado) que es preciso potenciar, de la inserción en los espacios escolares de otras formas de educación que ahora se consideran extracurriculares (voluntariados, ONGS, actividades extraescolares), de las características que deberán tener los materiales que se van a utilizar, de los instrumentos más indicados para llevar a cabo una evaluación que sea al mismo tiempo rigurosa y ajustada a los diferentes colectivos, etc.

Frente a todos estos retos que acabamos de esbozar, caben al menos dos soluciones curriculares que, en todo caso, nos parecen compatibles:

-La necesidad de efectuar una selección mucho más estricta y restrictiva de los contenidos que deberá aprender el alumnado, Se deberá optar por aquellos que tengan una naturaleza más inclusiva, interdisciplinar y presumiblemente, más permanente e invariable. Algunos autores han mencionado en este sentido el interés que supondría introducir una suerte de meta conceptos (por ejemplo, “sistema”, “interacción”, “representación”) que actuarían como ejes transversales entre las distintas disciplinas.

-La conveniencia de enfatizar aquellos contenidos que favorezcan el aprendizaje continuado de nuevos conocimientos, es decir, que mejor respondan al viejo desideratum de “aprender a aprender”. Nos estamos refiriendo al conjunto de habilidades, procedimientos y estrategias de aprendizaje que garanticen que el hecho de aprender no se detenga; competencias que permitan a cualquier ser humano adaptarse a situaciones cambiantes y sobrevivir en cualquier contexto social.

Desde nuestro punto de vista, estas competencias podrían agruparse en una serie de bloques que aquí presentamos en forma de decálogo para facilitar su tratamiento, y que van a desarrollarse a lo largo de este monográfico.
Se busca, en definitiva, un estudiante que responda al siguiente perfil: alguien flexible, estratégico y empático. ¿Es ése el tipo de persona que estamos formando en nuestras escuelas?

¿Qué opinas de este artículo?  Te animo a escribir tu comentario.

Autor:

Docente por vocación, poeta, investigadora, autodidacta, aprendiz permanente.

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